lunes, 13 de agosto de 2012

DIA 3: TALLAHASSEE - NUEVA ORLEANS

Millas recorridas: 430

Pasadas las 7 de la mañana empezamos a despertarnos. Sudando como un pollo (increíble esta humedad) abro la puerta de la habitación y me encuentro con esto:

Ahora ya sabemos de dónde venía la música ayer. Malditos bastardos…

Nuestro desayuno consiste en Tampico con Twinkies, y unas galletas de frambuesa. En el lobby hay café gratis, pero nadie muestra demasiado interés en acercarse a probarlo. Nos duchamos procurando no tocar muchas cosas en el baño, y cargamos el maletero de nuevo.


Esta noche tenemos reservada una habitación en el Le Pavillon de Nueva Orleans, de manera que cuanto antes lleguemos, mejor. El hotel tiene pinta de estar bastante bien, por lo menos en las fotos. El señor Bujías se pone al volante y alrededor de las 8 abandonamos el Motel6.

Los capitolios de Tallahassee, el viejo delante, el nuevo detrás

De camino a la cuna del jazz, hay un par de sitios en los que podemos parar, el museo de la Aviación naval en Pensacola, y el Battleship Memorial Park en Mobile, ya en Alabama. Cuando recordamos que en el de Pensacola entramos gratis, las opiniones se unifican como por arte magia, vamos allí.

El centro de Tallahassee

Nos esperan algo más de 200 millas de interestatal impecablemente mantenida.

Rodando por aquí los kilómetros no duelen


Ya cerca de Pensacola, en una gasolinera atestada de sureños repostamos $20 para llegar a Alabama, donde la gasolina es bastante más barata. Al salir, el GPS nos hace alguna pirula y acabamos metiéndonos por carreteras de tercer o cuarto nivel antes de llegar a la zona del museo.


De vez en cuando está bien perderse

En la garita de entrada, un guardia armado le pide el permiso de conducir al señor Bujías, y tras comprobarlo nos indica amablemente el camino hacia el museo. Hasta el tío más serio te contesta con una sonrisa de oreja a oreja si te diriges a él en un tono normal. Empezamos a comprobar que es cierto eso que dicen de que todo el mundo es bastante más amable que en España.



Aparcamos junto al F-14 que preside la entrada y cruzamos las puertas. En el lobby nos recibe una estatua de cinco soldados de bronce. Representa los cinco conflictos en los que los soldados Yankees han pegado tiros durante el siglo pasado: la Primera y Segunda Guerras Mundiales, la Guerra de Korea, la de Vietnam y la Primera Tormenta del Desierto.


En el interior, un veterano nos indica el camino para avanzar cronológicamente desde principios del siglo XX entre todo tipo de cacharros voladores, empezando por una réplica del biplano Wright hasta los F-4 de Vietnam. Enormes hidroaviones y una sala con restos de aviones de la Segunda Guerra Mundial rescatados del fondo del mar. Este sitio es alucinante.



Hasta cacharros del enemigo, oiga...



Nos quedamos más rato del que teníamos previsto, así que al salir decidimos que el acorazado de Mobile lo dejaremos para otra ocasión. Cambiamos el conductor, el señor Tuercas conducirá hasta Nueva Orleans.

Comimos por el camino, y estos Twinkies fueron postre. Fuck yeah!

De camino, vemos desde lejos el USS Alabama en Mobile y nos da tiempo a dispararle alguna foto.


Unas millas más allá llenamos el depósito a $3,31, y triunfamos. No la hemos vuelto a ver tan barata de momento.


El GPS nos mete en Nueva Orleans por uno de los barrios que aún no parece haberse recuperado del Katrina. Y acojona. Si el hotel hubiera estado por esta zona, habríamos salido de la ciudad por patas esta misma tarde.


Y no salen los personajes, porque me daba miedo apuntarles con la cámara

Pero no, es increíble como cambia el panorama a través de las ventanillas en menos de una milla. Llegamos a nuestro hotel, y un tío nos aparca el coche, un botones nos descarga el maletero, se parte la caja de la cantidad de bolsas de Doritos que llevamos, y nos sube las maletas a la habitación. Este sitio tiene de todo y nos ha costado 240€, dos noches, los cuatro. ¿Dónde están las cámaras?


Pues fuera coña, las cámaras estaban por allí. Nos enteramos de que Denzel Washington y Mark Wahlberg están rodando una peli en el hotel. Tenemos el lobby lleno de cámaras, micrófonos, focos, pantallas y toda la pesca. Preguntamos el nombre de la película, pero aún no lo tiene.

El hotel tiene piscina en la azotea, en el piso 10, rodeada por los rascacielos del Downtown de Nueva Orleans. Después de tirar un poco de wifi para mandar fotos a familia y colegas, nos enfundamos el bañandor y subimos a refrescar. Cae la noche, pero la temperatura no baja de 35ºC con una humedad bestial. El cielo no ha estado despejado en ningún momento del día, pero eso da igual: hace calor, mucho calor.



Después de darnos una ducha para refrescar (porque la piscina no lo consiguió) salimos a cenar algo y a ver que se cocía en el ambiente nocturno de NOLA. Cenamos en un restaurante de comida cajún donde Grapas y Bujías probaron una hamburguesa de carne de cocodrilo. Por si os quedáis con la duda, la carne de cocodrilo sabe algo más fuerte que el pollo y es algo más dura. Tuercas se pidió judías pintas con arroz y pollo y Barrenos una hamburguesa con pimientos picantes y cebolla rebozados de la que se acordaría al día siguiente. Esta noche la cámara se quedó en el hotel, así que esperad a las fotos hasta mañana.

Después de cenar y despedirnos de Charlie, el camarero, nos fuimos a dar una vuelta por Bourbon St. y ver todo el personajeo que hay por allí. Después de un paseo de ida y vuelta nos fuimos al hotel. Al llegar, a la una de la madrugada, todavía estaban grabando la película en el lobby del hotel y nos tuvieron esperando diez minutos sin poder pasar. Lo que al principio empezó como algo para contar, se estaba empezando a convertir en una tocada de co*****.

Finalmente, tras 10 minutos esperando, nos abren la puerta y caemos dormidos en 4 segundos.

domingo, 12 de agosto de 2012

DÍA 2: MIAMI - TALLAHASSEE


Millas recorridas: 490
Total: 765

Amanecemos por segunda vez en Miami, nuestro piso 18 nos regala magníficas vistas de la bahía.


A las 8 de la mañana empezamos a funcionar, hoy nos espera la que es –sobre el papel- la etapa más larga del Coast to Coast. Cerramos maletas y nos damos cuenta de que el ritmo de enguarre de camisetas se nos está yendo de las manos, en dos días tenemos hecha una mierda la mitad de la maleta…

Nos damos un último baño en la piscina, apuramos la wifi para hacer unas llamadas de skype y nos metemos en el Durango para dar una vuelta por Little Havana antes de abandonar Miami.

Tras cinco minutos pegándonos con el GPS para meter la calle ocho: “que no, que va en número, no coño: mete street en vez de calle, pero entonces street eight o qué…?” lo acabo metiendo a mano sobre el mapa. Tampoco nos acordábamos de a qué altura de la calle había que ir, bueno, ya preguntaremos.

Alguna bandera cubana perdida nos asegura que ya no se van a descojonar de nosotros por estar en la otra punta de la ciudad, de manera que preguntamos a un paisano. Se apoya en el marco de la ventanilla del señor Barrenos, y una vez respondida nuestra pregunta, como buen cubano, arregla el mundo en cinco minutos. Al enterarse de donde venimos, nos regala una caricatura de Castro, Chávez y Evo en una postura comprometida. Si, estamos cerca de Little Havana, ahora ya no hay duda.


Aparcamos a dos manzanas de Máximo Gómez Park, donde desde esta hora de la mañana, en las mesas se juega al dominó y al ajedrez. Por el camino nos ventilamos un perolo de zumo de naranja cada uno, que nos sabe a gloria… madre mía, el sol ya cae sin piedad, y cualquier movimiento que no sea caminar a paso de abuela te hace empapar la camiseta de sudor.

Little Havana mola, y sí que es cierto que es un pedazo de Cuba en el país yankee. Saliendo de la Calle Ocho, hasta encuentras gallinas tranquilamente haciendo cosas de gallinas en la acera.


El tiempo del parking se agota, así que volvemos al coche. Mientras el señor Tuercas compra unos puros, metemos en el GPS una dirección cualquiera de Tallahassee. Nos dice que nos separan 490 millas, no está nada mal. Hay que ponerse a rodar ya.

Salimos de Miami por la I-95 hacia Orlando, en medio de un tráfico bastante intenso. Acostumbrados a los 90Km/h de los camiones españoles, cuando un monstruo de éstos nos pasa a 130, se nos pone de corbata. Llevamos el control de crucero a 70 millas por hora y nos pasan absolutamente todos. Increible.


Cuando empiezan a rugir las tripas, paramos en un área de servicio. Creedme, en la superficie despejada en medio de la selva para construirla también podrían haber puesto un aeropuerto, para Jumbos. Las dos calzadas de la interestatal circulan paralelas, se separan para dejar en medio el área de servicio a la que se puede entrar desde cualquier sentido.

Aparcamos frente al edificio, el termómetro marca 99ºF, abrimos la puerta y comprobamos que hemos hecho el cálculo bien: más de 37 grados de los nuestros. Entre el calor que sale por debajo de nuestro coche y lo que nos cae por encima, me da la sensación de que me voy a fusionar con el asfalto.

Cuando alcanzamos la entrada, la bofetada es en la otra mejilla. ¿Quién se ha dejado abierta la cámara frigorífica?… el aire acondicionado debe estar a -24ºC. Casi echando de menos una sudadera, nos zampamos una hamburguesa en un Wendy’s y rellenamos los vasos 4 o cinco veces cada uno. Es increíble la cantidad de mierdas de colores y superazucaradas que te puedes echar al gaznate en un sitio de estos. Coges tu vaso, te levantas y rellenas las veces que quieras, de manera que no entiendo muy bien a los que pasean alegremente su vaso king size por el local. Son sus costumbres y hay que respetarlas, supongo.

Relleno una última vez mi vaso de un extraño fluído rojo que se supone que tiene tropecientas vitaminas (pero lo que lleva en realidad es un camión de azúcar por galón…) y volvemos al coche.


A estas alturas nos estamos dando cuenta de que hemos triunfado con el coche: si el ordenador de a bordo no es muy fantasma, nuestro 3.600cc se conforma con un galón por cada 25-26 millas. Este número mejora nuestras previsiones más optimistas de lejos. En Miami hemos gastado algo más de lo que había previsto, pero en gasolina parece que vamos a ahorrar.

Un rato después, enriquecemos la experiencia disfrutando de un excitante atasco de media hora en la interestatal. Ni idea de la causa.



Las nubes que nos llevan acompañando un rato se abren sobre nuestro Durango y nos cae un chaparrón bestial. Y cuando creemos que lo hemos dejado atrás, el cielo descarga un rayo en la calzada del otro sentido de la autopista. Muy cerca, y cuando digo cerca, me refiero a que casi me las hago encima.

Cerca de Gainesville, llevo conduciendo alrededor de 300 millas y decidimos que va siendo hora de parar y cambiar de conductor. Y si de paso empezamos a surtir el maletero de comida basura en un centro comercial, matamos dos pájaros de un tiro. Buscamos en el GPS el más cercano y nos dice que hay un Walmart en la siguiente salida: perfecto. Ahora ya tenemos la sensación de estar metidos hasta las cejas en los USA.

Entramos, y después de digerir la diferencia de 20ºC entre el exterior y el interior nos damos una vuelta por los pasillos. Sorprende que si tiene 30, sólo 6 son de comida, y no hay nada fresco. Ni frutería, ni pescadería, ni carnicería, todo bien empaquetado y listo para comer directamente de la bolsa. El pasillo de las bebidas es un cachondeo: hay refrescos de cuatro millones de colores, y si buscas agua tienes que rebuscar porque sólo hay dos marcas.


Por $15 nos hacemos con una nevera que nos acompañará hasta el final del viaje, porque vemos que no hay problema en tenerla permanentemente surtida de hielo. En todos los hoteles, moteles y áreas de servicio que hemos visto hay máquinas de hielo. Y en la mayoría es gratis.

Salimos bien cargados de morrallas variadas de todos los sabores y colores, y también pan, jamón y queso para solucionar la cena en el caso de que se nos alargue el día y lleguemos a Tallahassee con todos los sitios cerrados.


El señor Barrenos se pone al volante entre Gainesville y Tallahassee, mientras cae la noche, paramos a llenar el depósito por primera vez. 50 dólares a 3,65 el galón y la aguja vuelve a la F. F de Fuck yeah…

A Tallahassee llegamos pasadas las 10 de la noche, y no tenemos ni idea de dónde quedarnos a dormir. Empezamos probando suerte con un par de moteles que aparecen a la entrada de la ciudad. Nos piden $156, y $149 por una doble con dos queen size. Este no es el precio que esperábamos ni que estábamos dispuestos a aceptar, de manera que seguimos buscando. En el siguiente, ya metido en la ciudad, nos costaría $139, tampoco. Finalmente le hacemos caso al GPS, que nos indica un Motel6 a milla y pico.

Al llegar, desde fuera ya nos damos cuenta de que va a ajustarse mejor a nuestro presupuesto. A través de una ventanilla (el lobby ya está cerrado), le preguntamos a la encargada y nos dice que $56. Nos vale, vaya si nos vale. Pregunto si tiene wifi; contesta que sí, pero que con un sobreprecio de $2,9… creo que nos podemos permitir el exceso, venga, ponnos una.

El motel es cutre, pero sin llegar al nivel de agujero infecto que esperábamos encontrar. La habitación 114 está a ras de suelo, de manera que aparcamos el Durango a metro y medio de la puerta, y descargamos todo el maletero.

Estamos realmente cansados, así que nos hacemos unos sándwiches lowcost para cenar, mandamos unos correos y uno tras otro vamos cayendo sopa, ignorando la sinfonía de sonidos que nos rodea: una ducha, cisternas, niños corriendo delante de nuestra puerta (es la una y pico de la mañana…), y a última hora, unos cuantos temazos con algún subwoofer atronando bastante cerca. WTF?

viernes, 10 de agosto de 2012

DÍA 1: MIAMI - LITTLE DUCK KEY - MIAMI


Millas recorridas: 245

El horario español nos despertó a las 6 de la mañana, perfecto para exprimir el día hasta el final. Mientras el resto de gorilas se despegan de entre las sábanas, salgo a dar un paseo por los alrededores del hotel, por donde hay gente corriendo desde antes del amanecer. Coconut Grove es un barrio tranquilo, en el que aparecen más hoteles y puertos deportivos en mi paseo matutino antes de que apriete el sol. A la vuelta, veo que el resto ya se han levantado y me saludan desde la terraza.

Allí, en el piso 18...

Tras disfrutar de un suculento desayuno en McDonalds, enfilamos el coche hacia el sur, hacia los cayos, metiendo todavía más millas entre nosotros y el Pacífico… pero esto había que verlo.



Con el Caribe a la izquierda y el Golfo de Mexico a la derecha, rodamos ciento y pico millas hasta llegar al Seven Mile Bridge. Aparcamos en la entrada y caminamos bajo la plancha del sol de mediodía. Nos hacemos las típicas fotos chorras y, al ver que nuestra piel ha alcanzado el punto de ebullición, decidimos volvernos al coche al abrigo del climatizador. Cruzamos el nuevo puente, dejando a la derecha Pigeon Key, el cayo que partía el antiguo por la mitad.


Cuando tocamos tierra firme de nuevo, damos la vuelta y nos metemos en un área de recreo que aparenta ser la única medio playa a la vista en las últimas millas. En este punto –el más alejado del destino- celebramos la ceremonia de inauguración del Coast to Coast, cogiendo un puñado de arena que viajará con nosotros hasta las costas de California.


En la pseudoplaya hay unas diez personas, no más, y cuatro o cinco tíos haciendo kitesurf. Intentamos quitarnos el calor de encima con un baño, pero la sopa del Caribe no ayuda mucho…

Recogemos el chiringuito después de que una kitesurfista airee las aguas de su cometa sobre nuestro coche y nos lo llene de salitre. Bien, un día con el coche y ya está lleno de mierda.


Al volver a rodar nos empieza a entrar el gusanillo y decidimos parar en Islamorada a comer. El sitio elegido es el Islamorada Fish & Co. Nos sonaba de nuestras largas tardes en invierno pidiéndole consejo al señor Google. Allí nos sientan en una mesa muy chula sobre un muelle con vistas al Golfo de México y nos ponemos a hacer lo que mejor sabemos hacer, probablemente el último pescado que vayamos a probar en las próximas semanas…y de postre, como no podía ser de otra forma, una Key Lime Pie.



Miami nos recibe de nuevo con las calles repletas de exotics y el “Hala mira macho, un xxx...” en boca del señor Barrenos cada dos minutos.


Son las 6 de la tarde y decidimos disfrutar un poco de la piscina del hotel antes de ir a ver si nuestro amigo José ha tenido suerte buscándonos nueva montura. Media hora en el caldo nos convence de que eso no nos va a refrescar mucho, así que optamos por meternos de nuevo en el coche que por lo menos tiene aire acondicionado, y dirigirnos de nuevo al aeropuerto.

En caso de que nos cambien el coche, hay que dejarlo con el depósito lleno, así que de camino paramos a repostar. Escogiendo un poco entre las tres o cuatro primeras gasolineras que nos encontramos (las diferencias de precio pueden ser de 0,20 dólares por galón entre un lado y otro de la manzana) llenamos el depósito por $52 en una gasolinera en la que el dueño nos recibe con acento argentino y nos cuenta que es nieto de un tío de Luarca.

Cuando llegamos a la terminal, nos perdemos, por mucho GPS que lleves, si es la primera vez que vas, te perderás. Y acabarás por ejemplo en el túnel de lavado de Alamo, como nosotros… Diez minutos después encontramos el parking de National, y dando vueltas por allí está nuestro amigo entregando un Mustang cabrio a otro cliente. Sospechosamente aparcado allí mismo hay un Durango verde metalizado secándose, acaban de lavarlo (lavárnoslo?)

José se acerca y nos confirma la buena noticia, el Dodge es nuestro si lo queremos, sin pagar un duro más, el único problema es que no nos encuentra el cover para las maletas. Amigo, a todos nos da igual en este momento; sudando como pollos en aquel parking descubrimos que además del USB, tiene enchufe para los ordenadores, está mejor acabado y equipado y nos mola bastante más que el Traverse. En medio de la emoción, acordamos darle $30 de propina a José, que seguía dándole la brasa a todos sus contactos para encontrarnos un cover, casi parecía más preocupado que nosotros, que a estas alturas ya teníamos asumido que taparíamos las maletas con la manta de Iberia que habíamos mangado del avión… cuando estábamos saliendo del parking, alguien nos silba, miramos y allí estaba nuestro amigo cubano con la pieza que faltaba. Miel sobre hojuelas, todo ha salido redondo en esta visita al aeropuerto.

Con nuestro flamante buga nuevo (momento palote épico), salimos a disfrutar un rato de la Miami Nightlife. Camino de South Beach, nos detenemos en un descampado al otro lado de la bahía para clavar una amplia sesión de fotografías del downtown al atardecer.



Aparcamos cerca de Española Way, la típica calle de turisteo con terrazas a cada lado. La sed aprieta, pero el instinto nos dice que aquí nos van a clavar vivos, así que decidimos caminar un poco más hacia la playa.

Nos encontramos baratijas como ésta de camino

Acabamos de nuevo en Ocean Drive, seremos masocas, supongo… viendo que nuestro plan de no dejarnos medio sueldo en una cerveza iba a ser imposible, nos sentamos en la terraza del Carlyle. Me da vergüenza deciros lo que pagamos por unas cervezas y un par de cocktails (tamaño XXXL, por lo menos), pero terminamos amortizándolo saturándoles la wifi durante la hora y pico que estuvimos saboreando nuestros tragos.


La razón se impone, así que sabiendo que mañana tenemos que pegarle el bocado más grande que podamos al tramo que nos separa de Nueva Orleans, a las 2 de la mañana nos recogemos. Junto al coche, el señor Tuercas pisa el truño de chucho más maloliente de todo Miami Beach, buena suerte para todo el viaje, suponemos…

DÍA 0: MADRID-MIAMI


Millas recorridas: 30

Tras la octava revisión de equipajes y con la certeza de que "fijo que se me olvida algo, tío", cerramos las maletas y asaltamos un taxi enfrente de casa. Desde que alguien decidió poner el metro a precio de oro, lo caro en Madrid es meterse bajo tierra para coger un avión. El taxista flipa cuando le contamos que las que recorremos con él son las primeras millas de las miles que hay previstas (por cierto, si nos lees, saludos para ti y tu colega el del M3). Al final de la terminal satélite se encuentra nuestra puerta de embarque.


Sin novedad en Barajas, embarcamos y despegamos puntales. Un vuelo tranquilo (salvo por cuatro bebés inoportunamente llorones) acaba con nuestros culos en el Aeropuerto Internacional de Miami. Un cielo medio nublado y una bofetada de calor saturado de humedad nos reciben al atravesar la puerta del avión. Después de tantos meses de preparación pisamos tierra yanki, por fin.

Los cuatro gorilas pasamos sin problemas -y en 5 minutos- el control de aduanas. Todo fueron algunas preguntas rápidas sobre nuestro viaje, foto, huellas dactilares, un sello en el pasaporte y vía libre. Recogemos las maletas (que ya nos estaban esperando junto a la cinta) y vamos a por el quinto compañero del viaje.

Tras media hora solucionando el mundo con el paisano de la oficina del alquiler, nos sella el contrato y bajamos al monumental aparcamiento de la terminal. Y cuando digo monumental, es que varios campos de fútbol cabían allí dentro. Cada compañía de alquiler tenía su propio piso. El hombre de la oficina nos dijo que cabrían sobre 20.000 carros ahí dentro.

José, con su inconfundible acento cubano nos dice que se encarga de buscarnos el coche. Cuando le decimos la kilometrada que le vamos a meter, se parte la caja y nos pregunta si queremos volver a España conduciendo. Nos adelanta que nos va a buscar algo grande y cómodo para rodar. Miedito... Aparece minutos después, entre Chargers, Mustangs y Camaros con un Chevy Traverse negro. Nos miramos con cara de poker: “¿Qué coño es esto?”

Si, vale para ir a comprar el pan

El problema es que no tiene cover para el maletero (teniendo en cuenta las veces que vamos a dejarlo cargado, no nos hace mucha gracia), y tampoco USB para escuchar las semanas de música que hemos preparado para la ocasión. Se lo comentamos a José y nos dice que en ese momento no tiene otra cosa mejor disponible, pero que nos pasemos el día siguiente porque suele haber Dodge Durangos que se ajustarían mejor a lo que necesitamos. Como pasemos y mañana haya uno, nos vamos a ahorrar $500, que es lo que había de diferencia en la web entre el Grand Cherokee y el Durango.

Salimos de la terminal y ponemos Ocean Drive en el GPS, a pesar de la reventada que traemos (deben de ser las 2 o las 3 hora española, yo qué sé…) los cuatro palotes nos van a mantener despiertos unas cuantas horas más.



Las primeras millas por Miami nos van a romper el cuello de tanto girarlo. Tíos en Harleys sin casco, los V8 atronando a izquierda y derecha, avenidas de 8 carriles, scalextrics de 4 pisos, el downtown al fondo enmarcando la imagen…

Imagenes del Vice City vininedo a mi cabeza...

Llegamos a Ocean Drive y lo recorremos de sur a norte. Tal y como lo habíamos visto mil veces en películas. La meca del postureo, aquí con una cuenta corriente con menos de siete ceros no eres nadie, colega. Nos miramos los unos a los otros, nos vemos las pintas lamentables que llevamos, y decidimos ir al hotel, pegarnos una ducha, poner un polo limpio y volver sin dar tanta pena.

Nuestro hotel nos espera a unos diez minutos, en Cocunut Grove. Sinceramente, cualquier cosa nos vale a estas alturas de la película, pero la sorpresa es cojonuda. Al darnos las llaves, nos dicen que “your room is on floor 19th” (18 en la realidad, porque no existe el 13)… Las vistas a la bahía disparan la motivación gorilesca, casi no pesan las 3.482 horas que llevamos despiertos.



Volvemos a Ocean Drive, aparcamos por allí, (parkimetros con tarjeta de crédito, nos llevan siglos de ventaja), y nos sentamos en una hamburguesería (la primera del viaje) a hacer la cuarta o quinta cena del día, yo que sé... En esta terraza luce una placa que recuerda que aquí Al Pacino rodó una escena de Scarface. Entre el ruido, la música, el idioma y el sueño tardamos en entendernos con la camarera unos minutos pero conseguimos nuestro objetivo y cenamos como es debido. A la hora de pagar nos damos cuenta de lo distinto que es este país con el tema de la propina.


¿Alguien ha visto la última temporada de Dexter?

Nos rompemos los cuellos una vez más –en esta calle podrían cobrar entrada a los petrolheads como nosotros- y nos damos cuenta de que empiezan a pesar de verdad las piernas. Hora de volver al hotel y meterse al sobre, mañana esperan los cayos y las primeras millas de verdad.

lunes, 6 de agosto de 2012

GORILAS AL TREN

Salimos de casa y cogemos el taxi rumbo a Barajas...
Siguiente entrada desde la Florida.

jueves, 2 de agosto de 2012

ÚLTIMOS RETOQUES

Queda poco para cerrar el equipaje, pero seguimos haciendo cambios, aún con los cojones de corbata como los tenemos ahora mismo ante lo que se nos viene encima .

Por un lado, hemos solucionado un error que -en medio de la emoción- habíamos cometido en la fecha de entrega del coche en LA. Sin mayor problema, se cambió la reserva de 22 a 21 días, con la devolución de la diferencia de pasta (que acaba de llegar a mi cuenta, todo hay que decirlo). Interesante es, que sin orden por nuestra parte, automáticamente el tipo de coche ha cambiado. Ahora la agencia de alquiler, en lugar del Chevy Trailblazer, nos dará un Grand Cherokee o similar (ojo con el "o similar").

Olvidaos del SRT8, pero la foto mola eh?

Mal y bien a la vez, me explico: mal porque el Grand Cherokee lo vemos en España a la vuelta de cada esquina y el Chevy es más molón; pero bien porque, pensando con la cabeza, el Jeep es mejor coche para el Coast to Coast. Su motor de 3.600cc rueda hasta 6 millas más con cada galón que el del Trailblazer, lo que se traduce por un lado en mucha más autonomía (hasta 500 millas) y por el otro, en un ahorro de unos $250 al llegar a las costas de California. Y eso son buenas noticias viendo cómo está el dolar y cómo el galón ha subido ligeramente de precio en las últimas semanas.

Otro cambio que hemos metido tiene que ver con la ruta. Dándole unas cuantas vueltas, hemos concluido que no tiene mucho sentido pasar por Houston si no tenemos ninguna parada interesante prevista allí. La etapa nos expone a los atascos monumentales en las afueras de una ciudad de más de 2 millones de habitantes motorizados con Fords F-250. Así que siguiendo la filosofía del Coast to Coast, nos vamos a meter a la aventura.


Así que a unas 200 millas de Nueva Orleans, dejaremos la Interestatal 10 y nos meteremos hacia el interior de Texas, cruzando el East Texas Oilfield, el campo de petróleo más extenso del país. Pasaremos por la capital del fuel de USA, Kilgore, sumergiéndonos hasta las orejas en el estado de la estrella. Buen momento para recordar aquello de "Don't mess with Texas".


Este cambio nos ahorra sobre el papel alrededor de 60 millas, aunque al salirnos de las interestatales, es probable que no ganemos nada de tiempo. Lo que está claro es que seguro que hace la experiencia Texana más interesante.

Para terminar, queremos mostrar una vez más el infinito agradecimiento gorilesco a nuestros anfitriones en San Francisco. Nos van a dar consejo y fonda en la ciudad en la que más tiempo vamos a detenernos. Gracias, chicos.