martes, 4 de septiembre de 2012

DÍA 11: PAGE - KINGMAN

Millas recorridas: 325

De nuevo el despertador nos saca de la cama mucho antes de lo que lo haría si no estuviéramos de vacaciones. En silencio somnoliento y sin abrir mucho las cortinas, ningún gorila se salta el orden tácito de las duchas, y en media hora estamos desayunando. Definitivamente se nota que nos hemos metido de lleno en una zona turística, hay un follón de tres pares en el comedor, y justo tras sentarnos en una de las últimas mesas que quedaban libres (que no era ni siquiera una mesa, sino una barra de bar) la cola para entrar a desayunar ya da la vuelta al pasillo. Debe haber como 30 personas esperando, de la que nos hemos librado… perder media hora aquí sería bastante triste, sabiendo la etapa que nos espera hoy, que –sobre el papel- incluye para rematar con la primera noche en Las Vegas.


Un eficiente utilitario de Page repostando biodiesel

Repostamos y salimos de Page sin visitar el Antelope Canyon, sí, ya sabemos que es una lástima, pero sencillamente no hay tiempo para todo, y entre el Gran Cañón y el Antelope, la elección ha sido fácil.

Lo primero que hacemos es ir a ver el puente junto a la Glen Canyon Dam. Bien iluminado, como era de esperar el cañón impresiona bastante más que en la penumbra. Cambiamos de orilla y volvemos, mientras los señores Tuercas y Bujías lo cruzaban a pata, vibrando al son de cada camionaco que pasaba.


El lago Powell

Y el río hacia abajo

A un par de millas al sur del pueblo, pasamos un desvío a un parking que rezaba algo como “Horseshoe Scenic View”. Al pasar de largo me asalta la duda, y vienen a la memoria bastantes fotos que he visto estos últimos meses. Puede que sea eso… la democracia gorilesca funciona en 10 segundos y media milla más allá estamos dando la vuelta en medio de la recta con un "el que no arriesga no gana".


Dejamos el Durango en el parking, y caminamos los 800 metros de sendero de arena que nos separan de un montón de gente haciendo fotos. Algo mirarán, pensamos. Según nos vamos acercando, la grieta en el suelo se hace más evidente, parece que vamos a acertar. Al llegar comprobamos que efectivamente, ha merecido la pena. Es la Horseshoe Bend, probablemente una de las fotos más míticas del Colorado, y casi la pasamos de largo…



La vuelta hacia el parking, cuesta arriba y con el sol cayendo como una plancha es maravillosa; al llegar al coche -que ya está a 75ºC- nos acordamos de Gainesville, Florida, por la nevera con la que nos hicimos hace 8 o 9 días, y de los moteles de USA y sus benditas máquinas de hielo gratis. El agua y los dos galones de Tampico que nos traemos del último Million Dollar Baby refrescan perfectamente.

Ponemos de nuevo rumbo al sur por la 89. Hay unas 120 millas hasta el parque nacional del Gran Cañón, y ninguna parada por el medio, así que rodamos durante dos horas atravesando el desierto de Arizona, y sus paisajes inconfundibles.





Al dejar la 89 y tomar la 64, la carretera se coloca paralela al cañón, y antes de entrar en los límites del parque, a la derecha ya vamos teniendo una serie de miradores para ir abriendo boca. El cañón todavía no está tan abierto como más adelante, y de momento parece que alguien le haya pegado un hachazo al terreno en medio de esta meseta.





A mediodía llegamos a la garita de entrada. En dos días ya hemos amortizado los $80 de pase que pagamos en el Arches Park. La carretera que hemos escogido para visitar el parque atraviesa un bosque y bordea el cañón por el sur. En cada milla se abren a la derecha desvíos que desembocan en varios miradores sobre el Gran Cañón. Se recorre con calma y se va entrando en el que te de la gana, cualquiera merece la pena, porque en esta zona el cañón tiene unos 30Km de ancho y de largo la vista se pierde si intentas seguir el río.



Si hay algún lugar del mundo donde las fotos no pueden hacerle justicia a la realidad es éste. Es imposible recoger en una pantalla la inmensidad de las formaciones, lo lejos que llega la vista y lo insignificante que te hace sentir el cañón cuando te asomas a su borde. No es más exquisito en formas o colores que Zion o Arches, pero aquí hay que venir por lo gigantesco que es el paisaje que se abre a tus pies.



Tardamos unas 2 horas en recorrer las 20 millas de carretera del parque. Hemos abierto una bolsa de patatas con sabor a chile/fuego del averno que nos ha puesto las lenguas pidiendo clemencia y no hay hambre de momento, así que tomamos la 64 en dirección a la interestatal 40, que nos encontraremos en Williams.


Sin mentiras: HOT significaba "vas a sacar la lengua por la ventanilla como un perro"

Hay unas 40 millas de interestatal hasta Seligman, donde siguiendo nuestro plan, nos desviamos para recorrer un tramo largo de la antigua ruta 66 separado del trazado moderno de la autopista. Vamos un poco pillados de tiempo, y ya prevemos llegar a Las Vegas bien entrada la noche, pero a este tramo no queremos renunciar de ninguna manera.



A esta hora el hambre ya aprieta, y paramos en el Delgadillos Snow Cap de Seligman a comer una hamburguesa y un helado. El sitio es un cachondeo, decorado con cualquier mierda que han ido recogiendo por ahí, aunque también tiene algún artilugio curioso. Hay que decir que tardaron bastante en hacer cuatro hamburguesas normales, pero esperar en aquella terraza observando cada una de las pijadas que nos rodeaban tampoco fue tan terrible.


Desguace / vertedero / museo en la parte de atrás del edificio

Una cosa, si visitáis el sitio, aguantad estoicamente la gracia del día del paisano; a mí me hizo la broma de tirarme mostaza en la camiseta y en el momento me faltó el canto de un duro para descerrajarle una tollina ibérica por encima del mostrador. Al darte cuenta de que es un hilo amarillo y te ríes, sí… y luego cuando te sientas en la silla piensas en cuantos dientes le habrán saltado por hacerle eso al Johnny Fastfist de turno.

Los helados –brutales, por cierto- nos los comemos ya en el coche, lo que da lugar a uno de los momentos filosóficamente más profundos del viaje. Éste llega cuando el señor Barrenos se queda callado unos minutos y nos suelta: “tío, es imposible que el destino esté escrito, a nadie se le puede ocurrir que iba a estar comiendo un helado de chocolate, conduciendo en la ruta 66 camino de las Vegas y escuchando el Strong Enough de Cher”. La aprobación es unánime, no puede haber mente tan retorcida…



Las millas van pasando por una carretera que recorremos casi solos, la interestatal va más o menos paralela, pero allá a 30 Km. Así que por aquí sólo circulamos los que venimos expresamente a rodar por este tramo.

No sé exactamente en qué punto fue, porque era en el medio de ninguna parte, pero aquí nos pasó la movida de la semana. En medio de una recta infinita, pido a los ocupantes del asiento trasero el recibo de la reserva del Mirage en las Vegas para poner ya la dirección completa en el GPS. Cuando busco el número del Boulevard, paso la mirada por encima de la fecha de la reserva. Pone 18 y 19 de agosto. No sé por qué, pero me extraña, con el lío que tenemos en los últimos días, ya no sabemos qué día de la semana es, y mucho menos si nos preguntas el numero de día del mes. Bien, miro mi reloj. Pone que hoy es 17… (tranquilo chaval, muy probablemente la hayas liado al cambiar la hora en algún momento). Sudando frío pregunto al resto:

- Oyeeee, decidme que tengo el reloj mal y que hoy es 18.

- No tío, hoy es 17, eso pone el móvil – me responden desde atrás.

- (mierdamierdamierdamierdamierda…) No jodas, en serio?

- Sí machsculin (traducimos todo, hasta el “macho”), ¿Pero por qué lo dices?

- La hemos liado…

Las siguientes millas confirmaron que, como Willy Fog, le habíamos ganado un día al calendario. Y es que algo no cuadraba (a toro pasado todo parece muy fácil): cuando planificamos las etapas en casa, calculamos una media de 330 millas al día, y llevamos las últimas tres etapas metiéndonos en torno a 450. La liada ocurrió aquella tarde en Farmington con prisas, metidos en harina… nos bailó un número, mezclamos checkines con checkoutes y apretamos 4 etapas en 3. Y lo peor es que nos las hemos metido para el cuerpo, viendo todo, con un par…



La presión sobre el reloj desapareció de repente. Pasara lo que pasara, hoy no podíamos llegar a Las Vegas, nos esperaban mañana. Sin embargo, la liada fue pintando cada vez mejor. Hoy podríamos descansar a una hora normal, poner lavadoras (que las bolsas de ropa sucia ya rebosaban), mañana podríamos ver por la mañana la presa Hoover (que ya estaba descartada por falta de tiempo), y llegar al Mirage a la hora en la que abriese el check-in para aprovechar mucho mejor el tiempo. Nos acababa de llover un día del cielo, resulta que la confusión era una bendición.

Y cuando el GPS nos dijo que en Kingman había un Best Western, miel sobre hojuelas. Hoy dormiríamos “en casa”, a 100 millas de Las Vegas, donde llegaríamos mañana a las 2 o las 3 de la tarde, descansados y con la ropa limpia. Perfecto.



A todo esto se nos había olvidado la carretera y lo que pasaba por las ventanillas. Pensando en nuestras historias estábamos llegando a Hackberry, una General Store que es parada mítica de la Ruta 66.




La tienda está rodeada de clásicos americanos abandonados que ya dejaron de rodar hace décadas, menos un Corvette del 56 aparcado en la puerta, minuciosamente mantenido. Y perfecto para que al hacer la foto, tengas la sensación de estar en los felices años 50.



Tenemos todo el tiempo del mundo para dar vueltas alrededor del sitio, recorrer todos los pasillos de la tienda y llevarnos algún souvenir. Será la típica tienda en la que caemos todos los que pasamos por aquí, pero hay que reconocer que tiene su gracia y presenta algún cachivache curioso para el viajero.



Desde Hackberry hasta Kingman llegamos en media hora. Y vamos directos al Best Western, donde el paisano de la recepción tarda en decidir si nos da una habitación o no… tan terrible es nuestra pinta? Miro al señor Tuercas, que aún luce su bigote estilo “No me jodas, Merche”, y me lo explico todo. El tío debe pensarse que venimos desde Las Vegas a liar una fiesta gayer en su motel.

Al final accede a regañadientes, y nos da una habitación a cuatro pasos de la lavandería. Fuck yeah. Cae un bañito en la piscina, luego una pasada por el jacuzzi, hacemos la colada y nos vamos a cenar con toda la calma del mundo. Después de los últimos días no nos creemos este suave ritmo de turista. Benditas confusiones. Ojalá todas acaben así de bien.

sábado, 1 de septiembre de 2012

DÍA 10: GREEN RIVER - PAGE

Millas recorridas: 455

Síndrome de Stendhal: enfermedad psicosomática que causa un elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión e incluso alucinaciones cuando el individuo es expuesto a obras de arte, especialmente cuando éstas son particularmente bellas o están expuestas en gran número en un mismo lugar.

Hoy lo hemos sufrido, seguro.

Amanecer en Green River sobre las envidiables vistas al descampado tras el motel

El despertador suena sin piedad a las 6 y pico de la mañana. A estas horas el sol ya empieza a entrar por la ventana y se oye movimiento en el motel. Es cierto que anochece pronto y que aquí se acuestan como las gallinas a las 10 de la noche, pero a las 6 de la mañana ya hay el mismo movimiento que en España a las 9.

Ufff… al ponernos de pie para ir pasando por la ducha, aparecen las agujetas. Las 6 o 7 millas de marcha de ayer no perdonan, sobretodo sabiendo que tenemos la fabulosa forma física que proporciona lo de pasarse el día sentado en el coche catando todos los sabores de pringles, y encima sin hacer calentamientos ni leches.

Asaltamos el buffet de desayuno, sobretodo los que ayer habíamos pasado de cenar, y salimos a cargar el coche. En la puerta del motel ha dormido toda la noche este Chevelle. Huele a carburador y a gasolina desde el lobby, magnífico.


Rellenamos el depósito en una gasolinera del pueblo, parece ser la más barata de las que nos vamos a encontrar en las ciento y pico millas que nos quedan de autonomía, y nos ponemos en marcha. Hay unas 200 millas hasta la primera parada de hoy, la UT-12 y Bryce Canyon.

La I-70 dirección oeste

Como ayer, en estas primeras horas espabilamos poco a poco en el coche mientras las millas pasan entre los paisajes de western de Utah. Este estado entero debería ser un parque nacional.


Dejamos la interestatal 70 para tomar la 89 hacia el sur. Esta carretera atraviesa zonas más verdes al circular junto al río Sevier. La imagen del desierto que esperábamos de esta zona estaba un poco equivocada. Ahora no hacemos más que pasar en medio de enormes campos de cultivo, bosques y remansos de agua.


Un poco más allá de Panguitch, dejamos la 89 y nos metemos por la espectacular 12. Las rocas empiezan a pintarse de rojo nuevamente, la carretera se retuerce, y pasamos por un par de túneles de película. Otro tramo para marcar con una chincheta, si pasas por aquí cerca, estas millas merecen la pena, y mucho.


La matrícula de Florida empieza a resultar más exótica que un gitano gafapasta

En unas 15 millas se llega al desvío hacia Bryce Canyon. Atravesamos el cuidadísimo pueblo con todos los alojamientos que dan servicio al parque, poco más allá entregamos nuestro flamante pase anual en la garita y entramos al parque.

Bryce Canyon no es exactamente un cañón, sino una especie de anfiteatro de proporciones colosales. La primera vez que observamos sus paisajes nos dejó una cara de pasmaos parecida a la del Delicate Arch de ayer. Aquí no vas abriendo boca según te acercas. Lo ves todo según te bajas de coche y te asomas a los miradores.


Recorrimos toda la carretera interna del parque hasta el Rainbow Point, que está un poco lejos, pero merece la pena. Atravesamos zonas que han sufrido un incendio bastante recientemente, pero el paseo sigue siendo espectacular.



Sobre las 13.30 lo dimos por terminado, seguramente porque había bastante hambre en el ambiente y porque un Subway a la entrada del parque nos esperaba con los brazos abiertos. Tras entender un poco como iba la historia en este sitio, todos caímos en los bocadillos de un pie de longitud en los que no cabía un solo ingrediente más. No lo recuerdo exactamente, pero el del señor Barrrenos por ejemplo mezclaba aguacate, pepinillos, pollo con salsa barbacoa y unos 38 ingredientes más. Salimos de allí más que satisfechos, con los vasos llenos de cafés y refrescos de colores, como ya es tradición.

La siguiente parada era el parque nacional de Zion, del que nos separaban unas 80 millas. Nos damos cuenta de que estas distancias empiezan a ser como el que va a la vuelta de la esquina a por el pan. Un paseo de nada, por mucho que sean 130 Km. La cabeza empieza a estructurar las distancias a modo americano. Esto es: 1 milla = 1 Km (o menos).

A la entrada a Zion, el color del pavimento cambia a un granate que se camufla perfectamente entre las montañas de alrededor. Por pijadas como ésta, el “nos llevan siglos de ventaja, hasta en esto” se oye nuevamente en el interior del Durango. Enseñamos otra vez nuestro pase mágico en la garita y entramos en el parque. Habíamos leído que la carretera será una de las más escénicas de nuestra ruta, así que el señor Barrenos monta la GoPro por fuera del coche para grabar cada milímetro del cañón.



Era el turno del señor Bujías al volante, así que el karma le iba a devolver el coñazo de aquella recta de 50 millas antes de Albuquerque.





Tras las primeras millas, la ruta se mete en un arcaico y estrecho túnel en el que nos toca hacer cola antes de entrar porque sólo pasamos los de un sentido. A medida que lo cruzamos, a la derecha se abren en la pared tres o cuatro ventanas al cañón, que son la única fuente de luz en el túnel.

Ahí en medio se ve uno

Cuando se sale a la luz, el cañón se abre a la derecha del coche. La carretera se pega a la pared sur del cañón y se desploma en un desnivel bestial en poco más de 3 millas. En cada ensanche hay gente parada haciendo fotos; de nuevo no queda ninguna boca cerrada en el coche, y las ventanillas se quedan pequeñas para admirar el parque.





En la parte baja del valle entramos en Springdale, un pueblo con cada esquina mimada hasta el último detalle. Miles de establecimientos de deportes de aventura, hoteles, oficinas de turismo y tiendas de souvenirs son la muestra de que aquí se vive del turista. Entramos en una, y nos acabamos sacando unas Bud heladas para tomar por ahí (el paisano nos mira con desaprobación por llevar aguachirri, pero es que eran las únicas que había frías…). Estamos a “sólo” 120 millas del motel de hoy, un Best Western en Page, así que sorprendentemente nos sobra un rato para relajarnos.

Volvemos sobre nuestros pasos un par de millas y encontramos un lugar junto a un arroyo, con una roca que desde lejos parece que puede hacer de tumbona perfectamente. Bajamos, metemos los pies polvorientos en el agua, y disfrutamos de un rato largo de paz sin prisas, sin 40ºC, sin carretera, sin GPS, sin mapas, sólo arrullados por el bucólico canto de los pajarillos y de la pequeña cascada que salta el riachuelo aquí al lado. Los gorilas también sabemos disfrutar de un poco de esto de vez en cuando.



Volvemos al coche, y a la 89, que circula por Utah paralela a la frontera con Arizona. Son dos horas con muy pocas curvas, en las que la mejor atracción, además de los paisajes del desierto, son estas obras en el medio de ninguna parte, que nos tuvieron parados 10 minutos.



Ya cayendo la noche, nos acercamos al lago Powell, lo que da sentido a la cantidad absurda de coches que nos hemos cruzado remolcando lanchas por el medio del desierto. Cruzamos por el puente de la presa Glen Canyon y observamos el Cañón del Colorado a la derecha. Aunque ya hay poca luz, la verticalidad de las paredes y la profundidad a la que discurre el río, nos vuelven a desencajar la mandíbula. La guinda al día de hoy, y eso que se ve poco.

El Best Western de esta noche tiene una pinta bastante cojonuda, aunque hay que decir que el precio también es un poco mayor (la presencia del Gran Cañon aquí al lado ya se nota) y que está lleno. Menos mal que hemos reservado, no tiene pinta de haber una sola habitación en todo el pueblo. Aunque vamos un poco tarde, damos con un italomexicano a un par de manzanas para cenar (al que vamos caminando, sorprendentemente) y poco a poco vamos cayendo dormidos, mientras el señor Tuercas hace experimentos con el look de su barba para hacer mañana una entrada triunfal en Las Vegas. 

sábado, 25 de agosto de 2012

DÍA 9: FARMINGTON - GREEN RIVER

Millas recorridas: 451

Hoy el desayuno ha sido una cosa bastante rápida, después de ver anoche que vamos a andar bastante pillados de tiempo, cualquier pérdida de tiempo es un lujo (y seamos sinceros: el buffet del Regent Inn no da para mucho más). La etapa de hoy incluye la visita al Monument Valley, al Arches Park, y quedará pendiente de cómo vayamos de luz lo de acercarnos al Dead Horse Point. Mete miedo sólo de pensarlo.

Mientras Farmington se despierta, llenamos el depósito en la gasolinera más económica que hay en la zona. Hoy ya nos vamos a meter en zonas de parques nacionales y los precios que vemos son sensiblemente más altos que los de ayer. De todas maneras, aunque nos cuesta un poco más que en etapas anteriores, sigue siendo increíble repostar 70 litros por menos de 50€.

Tras pasar por un Walmart a reponer la nevera, ponemos rumbo a la frontera del estado. Hay más de 120 millas hasta Kayenta, donde tenemos que desviarnos por la 163 hacia Monument Valley. Mientras el paisaje cambia al del desierto de Arizona, se disfruta de silencio en el coche, hay que decir que aunque lo hagamos todos los días, a los gorilas no nos apasiona madrugar, y no trabajamos el cachondeo en el coche hasta el mediodía.

Paisaje en la frontera...

...y un poco más allá

En Kayenta (lleno de indios nativos por todas partes) nos desviamos hacia el norte y las fotos empiezan a preparar el terreno. Definitivamente desperezados, todo lo que pasa por las ventanillas empieza a ser más que espectacular.


No hay que hacer muchas millas por esta carretera para llegar a la frontera con Utah, y poco después al desvío hacia Monument Valley. En medio del desmadre que tienen los indios montado por allí, pagando S5 por barba estás dentro del parque.



La visita al parque consiste en recorrer la pista de tierra de unas 17 millas que bordea todas las formaciones, bien en tu propio coche, o en unos todo-terreno reconvertidos en buses que hay a disposición de los que aún sienten algo de cariño por su turismo y lo dejan fuera de este infierno de polvo rojo. Nosotros, que alquilamos un Durango ya pensando en meterlo por aquí, fuimos directos a la pista, sin pasar por el centro de visitantes.

Una vez dentro, pasamos junto a los Mittes, el Merrick Butte, las Three Sisters... mientras intentamos seguir el ritmo de un Impala (evidentemente alquilado) pilotado por el hijo de Ari Vatanen, por lo menos.

Tres gorilas saludan desde el John Ford's Point

Éste estaba entrenando para hacer el Dakar...

Visita obligada si pasas por aquí cerca. El parque es acojonante, era nuestro primer contacto con el paisaje del desierto, y fuimos durante todo el rato con la boca desencajada. Sólo viendo las fotos, es difícil hacerse una idea de lo descomunales que son las rocas y lo insignificante que te sientes aquí en medio.

Recorrer la pista con calma y verlo todo lleva unas tres horas. Nosotros tratamos de acelerar la visita, ir un poco más rápido que los demás, no parar en los chiringuitos de bisutería navajo, ... y lo hicimos en hora y pico. Perfecto para salir de aquí con esperanzas de ver algunos arcos en el Arches Park.

Lástima, pero no

Vino limpio desde Florida... y en media hora estaba hecho una mierda

De la que salíamos del parque nos encontramos con el tonto del día. Este iluminado, tan flipado con el Mustang alquilado ayer, que lo mete descapotado por la pista de arena y polvo rojo. Algunos coches nacen sin suerte, y este pobre es uno de ellos.


A unas 7 u 8 millas al norte de Monument Valley, miramos por el retrovisor y apareció una de las fotos del viaje. Ésa que todos hemos tenido de fondo de pantalla alguna vez. Aún así, creo que la cámara no recoge del todo el tremendo espacio abierto que veíamos en directo.


Con la agenda apretada que tenemos, ni nos planteamos lo de parar a comer. Se monta la cocina en el asiento trasero y unos sandwiches estilo "on the road" solucionan la comida. Del buffet de desayuno mangamos unos purés de manzana bastante logrados para el postre, así que sólo se echa de menos el cafelito. Las 150 millas que nos separan de Moab van cayendo mientras tanto.

Nos cruzamos con la versión actualizada de El Diablo Sobre Ruedas

Unas obras en la carretera a la entrada de Moab nos hacen perder el tiempo que hemos ganado con los sandwiches express, mala suerte... mirando el reloj cada cinco minutos comprobamos que nos quedan unas 3 horas y pico de luz para ver el parque. Finalmente nos dan paso y atravesamos el pueblo. Se nota que éste es un enclave turístico, todo está mucho más cuidado que los agujeros perdidos en el desierto que nos hemos ido encontrando por el camino. Hasta apetece darse una vuelta andando y todo...


Cruzamos el Río Colorado al otro lado del pueblo y a 2 o 3 millas aparece el desvío para Arches Park. En la garita de entrada sacamos un pase anual para todos los parque nacionales por $80. Contando los que vamos a visitar, y que la entrada a cada uno suele ser $25, compensa.

La carretera de entrada al parque ya merece la entrada que pagas. Una de las más hermosas que hemos recorrido hasta el momento, sin duda. Y tiene curvas, esas cosas que hay en España y que aquí hacen poca falta.


Lo primero que aparece a mano izquierda es Park Avenue, una pared de roca increíblemente estrecha, tanto que casi parece de cartón. Se puede recorrer ese sendero que veis ahí abajo, pero como podéis adivinar, nosotros hicimos esta foto y nos volvimos para el coche, nos quedaban algo más de dos horas de luz y los arcos más espectaculares por ver.


Decidimos ir primero a la zona de Devil's Garden a ver el Landscape Arch, que tiene un sendero más corto a pata. Aparcamos con bastante suerte y adelantando a todo kiski por el camino, los cuatro en fila nos plantamos en el arco en unos veinte minutos. Aunque con el sol de frente, las fotos no son las mejores del día...

Zona de aparcamiento, tuvimos bastante flor en el culo

El Landscape Arch

Cinco minutos observando el arco tenían que bastar. Daba igual la hora, lo que nos importaba era la luz, y se iba por momentos. Veinte minutos nos llevó caminar de vuelta al coche, saqueamos el agua y los gatorades multicolores de la nevera, y carretera hacia el Delicate Arch.

La carretera entre los arcos

De nuevo nos veíamos caminando como un pelotón a ritmo militar. Aunque hay que decir que el sendero hasta este segundo arco es uno de los más alucinantes que he recorrido en mi vida. Se sube por el lomo de una roca pulida interminable, que además se iba pintando de rojo con cada minuto que pasaba acercando al sol al ocaso.

Tras media hora de marcha y 276 litros de sudor, el Delicate Arch aparece al girar un recodo del sendero. El sitio quita el hipo, un anfiteatro de roca rojiza presidido por el arco. En el momento en el que llegamos nosotros hay unas cien personas sentadas observándolo. Y unos cuantos haciendo cola para hacerse la foto debajo de él. Tiene gracia, no hay cola para los que queremos que no aparezca ningún mamarracho desconocido en la foto. Tras ver desfilar quinientas poses ridículas, finalmente logro disparar una sin gente.



Mientras subíamos, habíamos decidido que aquí se acababa el día y que agotaríamos los minutos de sol que quedaban sentados tranquilamente mirando el arco. Tranquilidad que duró hasta el momento en el que al señor Bujías se le ocurrió que igual sí que llegábamos al Dead Horse Point con algo de luz. A un gorila, si hay algo que le gusta más que los plátanos es un reto absurdo... bien, cinco minutos después bajábamos saltando de roca en roca como quinceañeras que no llegan a un concierto de Justin Bieber.

Con el coche ya oliendo a zarigüellas, nos pusimos a recorrer las 30 millas que nos separaban del primero de los balcones sobre el Gran Cañón, no sabíamos si al final íbamos a llegar para ver algo, pero sudados, reventados, con el coche lleno de polvo rojo y arena y lo que es peor, con los hielos de la nevera fundidos, se iba a intentar.

Antes de llegar a la garita del parque estatal, el señor Barrenos, que iba al volante, casi pone un ciervo en Cuba. Sorprende la calma con la que estos bichos te miran pasar mientras pastan tranquilamente en el arcén de la carretera... y claro, cuando vas a 55 millas por hora (o más)  y peinas a un bicho de éstos con el retrovisor, no sé a él, pero a los de dentro del coche se nos ponen de corbata.

En la garita, le debimos dar tanta lástima al guarda al llegar con tan poca luz, que nos dejó pasar sin pagar los $10 de la entrada. Aparcamos, y sí, hubo suerte, algo de dimensiones monumentales se veía desde aquel mirador. Aunque hay que decir que la cámara con disparos de varios segundos lo veía mejor que nosotros.


A los diez minutos, la noche era ya casi cerrada, así que pusimos rumbo a Green River, donde esta noche sí teníamos reservado un motel. Las últimas 60 millas fueron un poco coñazo, pero por el camino, el primo del ciervo que casi ponemos en Cuba, nos hizo un posado con una pachorra casi insultante.


Al final del día, dos de nosotros estábamos tan reventados que ni buscamos un sitio para cenar. Ducha para quitarse el polvo del desierto y al sobre. Pero eh... misión cumplida, 3 parques de 3, más unos 730 Km de carretera. Eso sí, dudo que podamos aguantar este ritmo dos días seguidos.